Las empresas enfrentan ciclos marcados por crisis internacionales, cambios en las tendencias del mercado y presiones competitivas, por errores estratégicos o por eventos estructurales inherentes a la industria que afectan su posición de valor.

Ante una situación de esta naturaleza es necesario aplicar una acción concurrente, es decir por un lado hay que identificar y reducir, si es posible eliminar, las conductas de riesgo mientras que en paralelo se prepara el esquema de restructuración que, por lo general, abarca más que únicamente el aspecto financiero, o en el extremo se diseña la estrategia de salida que maximice el valor de recuperación del activo.

Es así que un deficiente desempeño, reducción continua en los márgenes, peor aún pérdidas crecientes, y el inevitable déficit de caja, son señales evidentes de una crisis y posiblemente señales de que es tarde para revertir la situación. Sin embargo, una detección temprana o en su defecto una acción rápida y decisiva son críticas para mantener el negocio intacto, salvando la continuidad de la empresa, o preservando el valor del activo.